VillaManuela 2014 - Lo que pudimos ver (1/2)

El miércoles pasado, día 1 de octubre, arrancaba en Madrid la segunda edición del festival VillaManuela. Con sede en el barrio de Malasaña, concretamente en las salas T Club (antigua Pachá, con dos emplazamientos dentro, uno la sala principal y grande que todos conocemos y otro un lugar más íntimo debidamente acondicionado para la ocasión en los pisos superiores) y Ocho y Medio, el evento prometía dado el atrevimiento y lo interesante de varias propuestas de su cartel.

Además, claro está, de por el simple hecho de disfrutar de una propuesta musical sólida, intensa y extasiante en la capital, lo cual es algo que debería atraer a cualquiera. Las intenciones por parte de la organización de mejorar un problema que surgió el año pasado, la lejanía de las salas en las que se celebraban los conciertos, que ahora estaban literalmente pegadas nos hizo salivar con motivo ante la posibilidad de tres jornadas musicales casi non-stop durante un fin de semana con un cartel de lujo. No obstante, esto no resultó ser del todo así, pero ya hablaremos más tarde...


Como iba diciendo, el evento dio comienzo el miércoles con una jornada de inauguración en la sala Siroco que tenía como principal reclamo a Kevin Morby, bajista de Woods y cantante, compositor y guitarrista de The Sadies, defendiendo su álbum en solitario publicado el año pasado, el notable Harlem River. El hecho de que hubiera que pagar un precio adicional además del de abono completo (de, recordemos, un precio de 75 euros al final de la venta) nos apartó de esta jornada, lamentablemente.

Pareció por un momento que también íbamos a perdernos el resto del festival, dado que nadie del mismo tenía ningún interés en nuestro medio, aunque en varios conciertos se registrara una asistencia mayor de fotógrafos que de público. Ironías de la vida, o del destino o como queráis llamarlo, fui bendecido con un par de pulseritas por el sorteo que realizó una web musical a la que estaré eternamente agradecido. Como medio interesado que somos, no dejamos pasar la oportunidad de cubrir el evento por mucho que nadie nos facilitara el acceso, pero he decidido tomármelo un poco con más calma. Más tranquilamente, vaya. Que nos quiten lo bailado.

Jueves 2 de octubre

Como bien sabéis si sois habituales viajeros transiberianos, el jueves estuvimos disfrutando del apoteósico concierto que ofrecieron Swans en Shoko, con lo que no hubo para demasiado en el festival tratado hoy. Con gran pena nos quedamos sin disfrutar del probablemente más que notable set de Holy Fuck o la exótica propuesta de Bombino. Si acaso hubo tiempo para un pequeño acercamiento al T Club, a ver qué se cocía a primera hora. En una sala nada abarrotada me situé bien delante en el concierto de Girls Names, otro de los grupos que más me atraían del cartel. Con una puesta en escena que cada vez se hace más habitual, la de mirar poco al público, caras serias y no soltar demasiadas palabras más que los agradecimientos de turno, se subieron al escenario a eso de las 7.20 de la tarde, como estaba previsto. 


Tal vez también por el género de la bajista empezaron recordándome un poco al concierto de los Pixies en la pasada edición del Primavera Sound. No se si fue un flash o qué, pero se me vino a la cabeza su apatía y excesiva sencillez, nada pero que nada de alardes. A lo mejor debido a la hora o a un posible cansancio de la banda, no lo se, pero el directo no consiguió llegar con nitidez al público y entregaron un espectáculo algo plano y descafeinado. Si bien su repertorio está cargado de algo de psicodelia como la de Hypnotic Regresion y edulcorado por buenas dosis de noise pop o shoegaze como en Blood River o Tear Me Down, de su primer trabajo, mi impresión general fue que no supieron plasmarlo todo lo bien que deberían. 
Raudo me dirigí para no perderme ni un minuto de Swans, pensando en lo que sería al día siguiente la jornada, que apuntaba alto y bien de metal.

Viernes 3 de octubre
No quise faltar a los primeros conciertos del día, con la que a las 7 estaba en el cielo del T Club para ver qué hacían Antiguo Régimen. La banda, formada por guitarra, batería, bajo y un teclista que ejercía también la labor de cantante principal, presentaba una propuesta en clave de post-punk oscuro y con un marcado componente electrónico. Había, por mi parte, muchas ganas de escucharles y el enclave era idóneo. Íntimo, recogido y con una buena acústica y espacio para contonearse. La banda agradeció la asistencia, nada desdeñable, remarcando su idea previa de hacer un "pase privado" para Betunizer, banda que tocaba posteriormente. La ejecución fue de notable y rápido nos envolvieron entre bajos contundentes y un teclado con una función más bien ambiental (que no secundaria) con un marcado sabor a órgano al más puro estilo New Order. Faltó tal vez algo más de volumen en la voz que permitiera comprender para los no iniciados las sugerentes letras de temas como Anoche Escupí Azul, en el que quedé más que nada hiptonizado por el redoble de batería tan característico del género. Ese "bazooca sensorial, tus ojos se equivocan...". A destacar los pasajes en los que el punteo en la guitarra se atrevía con un mayor protagonismo, sumamente lúcidos. Muy atentos a estos. 

La oscuridad del Antiguo Régimen
Bajé al principal escenario del T Club con el concierto de Marissa Nadler ya empezado y en un hermoso momento en el que la cantante estaba ejecutando la cautivadora Drive. Acompañada por una buena cantidad de guitarras y una chelista que hacía las veces de corista y acompañante, le hizo falta "muy poco" para cautivar. Le bastó con su voz, que se sumergió buceando en los corazones de los asistentes con suma facilidad, y lo culminó en ese mismo tema acompañando sencillamente con unos leves acordes a su compañera, que terminó de forma sobresaliente con el viaje. No obstante, no toda la sala estaba con ella y algún idiota tuvo que dar la nota. Pero vamos, en general el respeto se impuso y el silencio fue total para la artista en el resto de temas. Serena, bella, en ese vestido largo negro con su melena a juego, ella es, también, tímida. Así lo demostró cuando se sonrojó sobremanera al tener que ponerse a afinar a oído en mitad del concierto. Por su forma de decirlo y su naturalidad en la tarea, personalmente me tuvo ganado en lo que quedaba. No parece que fuese así con el resto de las personas que allí se encontraban, que dieron alguna muestra de aburrimiento. Acabó con la delicada Mayflower May, y lo que nadie pudo negar al final es que la técnica fue impecable en todo momento.

La sobriedad de Marissa Nadler
Pallbearer fueron la primera banda que pude ver en Ocho y Medio. Gozaron de un público entregado que muy probablemente había comprado una entrada de día para verles a ellos y a YOB, los que iban detrás. La guitarra en forma de V del guitarrista, su melena y su chaleco vaquero plagado de parches me hizo darme cuenta antes de lo previsto de que lo que iba a ver tenía un alma mucho más metalera de la que mostraban en estudio. Tal vez algo menos de experimentación y psicodelia por algo más de músculo, sudor y cuernos. Cuernos que todos mostramos en algún momento y que auparon al grupo en la interpretación de ese himno que es Foreigner, de su primer álbum, Sorrow and Extinction (2012). Fueron construyéndolo ladrillo a ladrillo desde el tímido inicio a ese riff final tan monstruoso acompañado de los aullidos del barbudo cantante enfundado en su camiseta de Godflesh. Al final celebraron por todo lo alto con puños arriba, en un punto a partir del cual nadie estaba en condiciones de reprocharles nada. Fueron en volandas hacia la recta final para acabar con esa bestia con sabor tan clásico a unos primeros Metallica que es Words Apart. Merecida ovación por parte de los más adeptos y choques de manos para los que habían dado todo en las primeras filas.

Más heavys que satán. Esta foto no es mala, ¿eh?
A los 20 minutos de acabar estos, comenzaron YOB, una de las bandas que más me interesaban del cartel. Sin duda un sonido espléndido el que consiguen siendo tan solo tres personas en el escenario. Para el más difícil todavía, bajo y batería solitos al final de Quantum Mystic por completo al público con un efecto similar al vivido momentos antes con Pallbearer. El concierto estuvo lleno de momentazos y de nuevo la épica metalera se apoderó de la banda, con un cantante poniendo caras de loco al que el público alababa como todo un dios del rock. El sublime final con esa Marrow mayestática que cierra también su último álbum, Clearing the Path to Ascend, culminó este ascenso a los cielos de la brutalidad y las ansias de gritar, muy muy fuerte. Fue un broche perfecto y para cuando se unieron bajo y batería a la guitarra mucho más contenida y definida que de costumbre yo ya estaba planteándome si hablar de un resurgimiento de la era del metal. Bravo. Más festivales que se atrevan con propuestas de hard rock, por favor. Queremos ruido.

Al finalizar YOB me fui corriendo al T Club para arrancar algo de The Ex, los ya curtidos adalides del post-punk holandés. Para mi decepción estaban ya recibiendo la ovación, pero tras despedirse sorprendieron siendo la primera banda que ofrecía un bis. La elegida fue una eufórica, bailable y desenfadad Theme From Konono, que sonó celestial a mis oídos y que fue tremendamente bien acogida por la gente, que no dudó en agitar sus traseros a ese repetitivo a la par que adictivo riff de guitarra. Toda una pieza para acabar la jornada del festival con el mejor sabor de boca posible. 

The Ex haciéndonos mover un poco el trasero.
Próximamente, segunda parte.
Alv.

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