Pere Ubu @ El Sol (29/11/2014)

Para cuando entré por la puerta de El Sol, las primeras palabras de David Thomas ya se habían pronunciado. Visto y escuchado lo que ocurrió después, me jodió sobremanera perderme su introducción, pero alguien de entre el público supo decirme muy acertadamente que, en la primera hora, "iban a tocar lo que quisieran". Efectivamente, con su sexagenario líder visiblemente embriagado, Pere Ubu pasaron una media hora sobre el escenario tocando lo que les salió de dentro. El señor Thomas agitaba sus brazos aquí y allá en lo que sirvió de perfecta presentación de sus ayudantes al público. Una formación dispar la de esta banda de Cleveland, cuyo único componente invariable ha sido el inspirador anciano, y que reúne en varios grupos de edad miembros diversos. Contemos; batería, teclista, guitarrista, sintetizador y, atención, clarinetista. Ojo con el clarinetista. Lo cautivador de este prefacio, esta mirada al futuro de Pere Ubu, fue la sensación de estar viviendo algo único, distinto a lo que hacen otros días en otras salas. Se trató de algo ajeno a todo guión, pura improvisación con una ejecución implacable, con momentos de virtuosismo. Virtuosismo en duros golpes de batería, en una guitarra que quería ser bajo y en la agitada mano del tío encargado del sintetizador. Hubo también ruido, desde luego. Ruido al estilo de los Swans, sí, a riesgo de caer en las referencias de siempre, pero algo más bajito. De un momento a otro, cuando se cansaron del ruido, se levantaron de sus puestos y David anunció que estarían de vuelta en veinte minutos.


Afortunado fui de que me ofrecieran este descanso, ya que me estaba quedando bastante estancado en los rincones más retrasados de mi adorada sala. En cuanto el asunto se descongestionó un poco me asenté a escasos centímetros del asiento del profeta y no exagero cuando digo que fue la primera vez que le vi a cuerpo completo cuando volvieron del descanso. Sentado en una silla plegable, sombrero cubriendo incipiente calvicie y canosa barba haciendo lo propio con las arrugas de su rostro, su porte sujetado por tirantes lucía desgastado, descuidado y ebrio. Parecía la antítesis de la estrella de rock. Lejos quedan coetáneos empeñados en imitar lo que hacían en sus días gloriosos. Se chupó un dedo, pasó la primera página del libreto que reposaba en su atril, y dio comienzo la parte gorda del show.

La voz se hizo notar en seguida. Gruesa, severa, grave y nada precisa. Una voz y un espectáculo que trascendieron la precisión, que huyeron de la afinación y que abrazaron con oscura perversión la disonancia de los acordes. Fueron alternándose de este modo pasajes incoherentes con fragmentos más clásicos, cercanos al jazz, quizá, algo del punk más sosegado... Sin duda a Thomas poco le importan las etiquetas, las apariencias o demás cosas insulsas que trae esto de la música. Lo que parecía importarle más era la propia música. Sacó voz de donde apenas había ya, en un aplomo increíble, para acompañar a su banda en ritmos que llegaron incluso a lo bailable, marcando los tiempos a la perfección. Los músicos frenaban a las imperceptibles señales de su jefe y volvían a la carga impecablemente al unísono en el momento posterior. Un repertorio con una mayoría de temas no editados en LP y la simple iluminación (pura y dura, simplemente focos alumbrando a la banda) acentuaron aún más la idea de que Pere Ubu habían venido a tocar música. No obstante, sí atacaron varios de los temas de ese Carnival of Souls que ha sido publicado este mismo año.

Una copita de vino al día, buena para la salud.
El papel de David Thomas como perezoso showman cobró más importancia a medida que se atrevió a conectar con el público. Dejó una curiosa lista de anécdotas, y otras muchas seguro en el tintero, y fue lanzado a dedicar gran parte del bolo a las mujeres ("ladies"), presentando Bus Station (de este último álbum) como un alegato irrefutable acerca de la verdad sobre los hombres. El clarinete creció y creció, para frenarse en el momento álgido en el que el frontman dejó su asiento para levantarse agitando al cielo un arrugado y aparentemente maloliente calcetín. Un acto aclamado por la mayoría del público y que sirvió como reivindicación total en la línea de lo que he comentado antes. Aquí estoy, esto soy, y supongo que por esto habréis venido, vaya. Se sentó, sacó una curiosa flauta de madera y la sopló en un ruido casi cómico para dar paso a más ruido del que hubo desde el principio.

El resto del concierto transcurrió en torno a una amalgama de géneros y estilos que si el lector quiere puede agrupar en algo llamado post-punk, o rock progresivo si gusta. ¿Art-rock, tal vez? Pero no querrá enfadar al cantante, claro. Los mejores momentos llegaron con la potencia de un batería que parecía sacado de la propuesta hardcore exitosa de turno, golpeando con fuerza y precisión monolíticas. De nuevo la guitarra quiso ser bajo y el guitarrista se atrevió con técnicas poco usuales, el teclado se disfrazó de órgano de iglesia y el sinte dibujó todo tipo de distorsiones. En lo que quizá fue el monólogo más lúcido, tras un par de copas de vino bebidas con ansia, Thomas aprovechó para desnudar a más de uno, riéndose de los espectadores movidos por la supuesta condición de "legendarios" del grupo. No contento con ello, se metió con un prototipo de asistente pasado ya de edad, con coleta blanca y camiseta de Dark Side of the Moon. Provocó risas y, tras darle cera a los Kings of Leon, llegó el clímax cuando descolgó el viejo auricular de teléfono que descansaba cercano al micrófono. Se lo llevó a la boca dado la vuelta, agarrándolo con el ceño fruncido, y su voz se rasgó y se quebró mil veces, resonó por todo el recinto y se clavó en la memoria de todos. Cojeando y apoyado por un bastón, salió acompañado de los suyos hacia bastidores.


Por supuesto, regresaron para tocar Irene, esa suerte de balada expansiva que se va haciendo cada vez más grande para acabar resumiendo todo lo acontecido en un bolo de Pere Ubu en el que quisieron mirar directamente al presente y satisfacerse en lo producido últimamente antes que hacer demasiadas concesiones a un pasado que no es más que eso: pasado. La última ocurrencia fue tocar un tema poco convencional que titularon Buy Buy Merchandise, para conmemorar el que para David Thomas es el momento más feliz de su show, el final. Resultado exitoso, la gente se agolpó cerca de la esquina de venta de material de la banda y todos nos fuimos con sonrisas de admiración en la cara. Un cierre ideal al 981 Heritage de SON Estrella Galicia, a los que agradecemos por enésima vez el trato recibido. Que el próximo año nos traiga muchas más de estas.

Alv.

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